En el marco de la Pascua joven, fui invitada a acompañar a los adolescentes y jóvenes desde una mirada psicoespiritual. La propuesta surgía en un contexto preocupante ante el aumento de suicidios en nuestra comunidad de Ñemby en muchos adolescentes y jóvenes. La adolescencia es una franja etaria vulnerable. Esto no pasa desapercibido ante nuestros ojos y nos interpela como sociedad y como Iglesia. Junto con este desafío, también abordamos temáticas sensibles como son las adicciones y el suicidio.
Encontré en los jóvenes una disposición sincera y una necesidad profunda de ser escuchados, comprendidos, no juzgados. Más allá de los contenidos compartidos, lo que emergió con fuerza fue el deseo de hablar, de poner en palabras aquello que muchas veces queda oculto y en silencio.
Varios de ellos se acercaron a compartir sus realidades, marcadas por el dolor, la confusión, algún joven en la búsqueda de su vocación, problemas familiares… Fue entonces cuando la Pascua joven se se transformó en un encuentro de vida, de acogida, de sentirse sostenido en la fe y en la esperanza.
Acompañar a esos jóvenes implicó estar, orientar, contener, aprender de cada uno de ellos y, sobre todo, abrir nuevos caminos. Lo vivido esos días se resume en una experiencia profundamente humana y espiritual, donde el dolor emocional, tantas veces silenciado, pudo ser reconocido y nombrado.
Esta Pascua tuvo un matiz diferente. La nueva vida que celebramos en Cristo Resucitado, se encarnó en la esperanza, en la Luz que El insertó en esos corazones juveniles y en el mío, con la vivencia compartida.
Agradezco a Dios por esta oportunidad que me brindó y a los jóvenes por la confianza depositada. Esta Pascua nos reveló una verdad urgente: necesitamos generar espacios donde afirmemos que la Luz ha vencido a la oscuridad. El dolor puede ser escuchado y la esperanza, acompañada. Nos reafirma que nuestro Carisma de Comunión es un don para el mundo.

Hna. Selva Encina